Hundido en un cubículo
de hierro mullido,
que me atrapa y me refugia,
que me da y me quita,
las palabras contadas
y los silencios cortados.
Hundido en el cubículo
que me aleja de la superficie del dolor
y me adentra en el mismo.
Hundido en el núcleo
de hierro fundido
y tan frío, tan frío.
Y tan lejos, tan lejos
de ti y del pasar de los días.
De los amaneceres en las pestañas
y en los alféizares.
Tan lejos de las palabras y las ideas
jamás pronunciadas.
Y tan dentro de ellas,
tan perdido entre las letras,
entre los grumos de tinta
y las circunvoluciones de ignorancia.
Tan lejos y tan cerca,
tan callado y tan gritando.
Hundido, atrapado, refugiado
en un cubículo de materia gris,
de rojo carnicería, de sábanas blancas
y calor que transpira el hielo.
Hundido en la contradicción más absoluta,
hundido, atrapado, refugiado en la vida.
domingo, 9 de noviembre de 2014
domingo, 12 de octubre de 2014
Calles pisadas
Caminando por las calles pisadas,
por las calles mojadas por las huellas
calladas, silenciosas.
Calles pisadas por las miradas de los transeúntes
que se aventuraron más allá de las luces,
de las voces, de los cláxons,
del ir y venir, vaivén, flujo eléctrico.
Atravesaron las torres de cemento y metal,
las alcantarillas que llegaban hasta las rodillas,
los introvertidos, los amantes de las redondas,
calderón, puntos suspensivos...
Llegaron hasta donde las ventanas no eran fluorescentes,
donde la lluvia no se perdía entre la masa homogénea de plástico,
donde las bocas no eran estridentes megáfonos,
donde tu boca era solo prolongación de la mía.
Llegaron, llegamos, a donde los paladares hablaban telepáticamente
y en cada descanso, táctilmente.
Llegaron donde las papilas saltaban entre las pupilas
y bailaban suavemente al son dulce de la noche.
Llegaron a las bañeras de salsa de soja,
a las tinas de nieve caliente
en las que mojaron sus cuerpos templados
y se perdieron en los océanos del norte de sus sienes.
Callaron. Y sin embargo, se dijeron tantas cosas
entre tenedores y cuchillos, entre sus carnes y las ajenas,
entre sus ojos y sus manos.
Se dijeron tantas cosas en aquellas calles pisadas
y sin embargo, tan vírgenes, tan originales como olvidadas.
Se dijeron todas las cosas que se harían en la cama
cuando los búhos y las farolas no miraran.
Se dijeron todas las cosas que se harían en la calma,
los besos, los pasos que darían.
Se leyeron el futuro, el pasado y el presente en los ojos.
Se leyeron las ojeras y las pestañas cristalizadas,
se leyeron las palabras, los sabores en los labios.
En las calles despistadas, en las esquinas sin nombre,
en los gatos callejeros, en las tejas desgastadas,
en tu piel húmeda y cálida,
el silencio retumba y deshiela la miel de luna.
Las calles se descalzan de pies,
los pies se descalzan de pisadas.
Los transeúntes se quitan los trajes y
las farolas que se desnudan de acero
son hermosas cantantes de otro tiempo,
sirenas de adoquín.
Cantan sin despegar los labios
un precioso cánon de silencios.
Corremos con los ríos a la orilla de las aceras,
bajamos las calles, rendidos a la gravedad,
fluimos, borboteamos, gargareamos,
bajamos, subimos,
somos uno, somos un millón.
Despertaremos con la piel tibia
en alguna alcantarilla,
con el agua evaporándose en los pulmones
y cascadas de silencio en los tímpanos.
lunes, 6 de octubre de 2014
Plantaciones
Trago astillas del dolor
incubado en el útero de asfalto.
Los trenes chapotean sangre
al atravesar las venas de metal.
No es sangre roja, ni azul,
solo sangre gris, podrida, ponzoñosa.
Las calles han borrado las aceras
y han pintado balas de acero en ellas.
En las esquinas descansan las piernas olvidadas
por los maniquíes que las habitaban
y nievan esquirlas de cristal
sobre las azoteas de los témpanos de ardor.
Han plantado allí tomates sintéticos
y a tus hijos en sillas de oficina.
Han plantado tazas de café sin azúcar en sus mesas.
Han plantado sus mandamientos
en el aire enrarecido,
refrigerado por cientos de aparatos
construidos en las entrañas de la ciudad inmunda.
Han plantado humo en los campos
y tornillos en los parques.
Han plantado grasa en los cuerpos sin nombre
y el dolor en nuestras gargantas,
para que así no podamos gritar.
Padecemos las enfermedades que inventaron
y luego nos alimentamos de pastillas de placebo.
Han plantado guerras en los cielos
y billetes en los sesos.
Lo plantaron todo.
Y nada creció, más que el dolor,
esa punzada en el pecho,
ese retraimiento del cuerpo.
El dolor se expande como metástasis
y ahora todo duele.
Duele la ciudad.
Duele ser humano. Duele ser.
Duele.
¿Y quién plantó todo este dolor?
Fuimos nosotros los que cogimos las palas,
los que nos amputamos las piernas,
los que teñimos nuestra sangre como nuestro cabello.
Fuimos nosotros los que construimos las guillotinas,
los grilletes, las cuchillas que nos surcan los intestinos.
Fuimos nosotros los que aceptamos dolor por jarabe,
uniformidad por igualdad, materia por libertad,
guerra por paz, ilusión por realidad.
Lo que ahora germina no es más
que lo que todos plantamos en nuestros jardines,
en nuestros salones de televisiones planas.
Que crezca musgo en los sillones y en las lámparas,
que crezcan moscas en las entrañas.
Que traguemos todo este dolor inmundo,
que se retuerzan nuestros cuerpos.
Y cuando pase todo este vuelco del corazón,
este malestar inhumano,
que arrasemos los campos que cultivamos.
Y que plantemos todo lo que dijimos que plantaríamos,
y que crezcan los árboles sobre adoquines,
en los tejados, en las oficinas,
en los bares y en los teatros.
Que florezcan las pizarras de las escuelas
y las calles sean selvas.
Que volvamos a respirar,
que realicemos la fotosíntesis.
Que huelan a menta los besos
y a hierbabuena las sábanas.
Que huela a incienso la lluvia
y en cada vientre una rosa.
Plantemos el universo
en esta maceta,
que con tanto olor a mierda
ya me he olvidado
de a qué huele la risa.
incubado en el útero de asfalto.
Los trenes chapotean sangre
al atravesar las venas de metal.
No es sangre roja, ni azul,
solo sangre gris, podrida, ponzoñosa.
Las calles han borrado las aceras
y han pintado balas de acero en ellas.
En las esquinas descansan las piernas olvidadas
por los maniquíes que las habitaban
y nievan esquirlas de cristal
sobre las azoteas de los témpanos de ardor.
Han plantado allí tomates sintéticos
y a tus hijos en sillas de oficina.
Han plantado tazas de café sin azúcar en sus mesas.
Han plantado sus mandamientos
en el aire enrarecido,
refrigerado por cientos de aparatos
construidos en las entrañas de la ciudad inmunda.
Han plantado humo en los campos
y tornillos en los parques.
Han plantado grasa en los cuerpos sin nombre
y el dolor en nuestras gargantas,
para que así no podamos gritar.
Padecemos las enfermedades que inventaron
y luego nos alimentamos de pastillas de placebo.
Han plantado guerras en los cielos
y billetes en los sesos.
Lo plantaron todo.
Y nada creció, más que el dolor,
esa punzada en el pecho,
ese retraimiento del cuerpo.
El dolor se expande como metástasis
y ahora todo duele.
Duele la ciudad.
Duele ser humano. Duele ser.
Duele.
¿Y quién plantó todo este dolor?
Fuimos nosotros los que cogimos las palas,
los que nos amputamos las piernas,
los que teñimos nuestra sangre como nuestro cabello.
Fuimos nosotros los que construimos las guillotinas,
los grilletes, las cuchillas que nos surcan los intestinos.
Fuimos nosotros los que aceptamos dolor por jarabe,
uniformidad por igualdad, materia por libertad,
guerra por paz, ilusión por realidad.
Lo que ahora germina no es más
que lo que todos plantamos en nuestros jardines,
en nuestros salones de televisiones planas.
Que crezca musgo en los sillones y en las lámparas,
que crezcan moscas en las entrañas.
Que traguemos todo este dolor inmundo,
que se retuerzan nuestros cuerpos.
Y cuando pase todo este vuelco del corazón,
este malestar inhumano,
que arrasemos los campos que cultivamos.
Y que plantemos todo lo que dijimos que plantaríamos,
y que crezcan los árboles sobre adoquines,
en los tejados, en las oficinas,
en los bares y en los teatros.
Que florezcan las pizarras de las escuelas
y las calles sean selvas.
Que volvamos a respirar,
que realicemos la fotosíntesis.
Que huelan a menta los besos
y a hierbabuena las sábanas.
Que huela a incienso la lluvia
y en cada vientre una rosa.
Plantemos el universo
en esta maceta,
que con tanto olor a mierda
ya me he olvidado
de a qué huele la risa.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Materia negra
Lloran.
Lloran las mentes maltratadas.
Lloran en diluvio, lloran pensamientos
como balas
y los cuerpos (celestes) son cascadas
de sangre rosada, de olvido.
Lloran de hambre los cerebros
que se ahogan en el chirriar de los relojes,
lloran, como lloran los bebés por la madrugada,
no hay consuelo, ya es tarde.
El exceso de musgo en el norte de las sienes
ya mata a la mente que solloza.
¿Por qué lloraban los cerebros?
Nadie se lo preguntó,
porque solo ellos preguntan
y ya nadie escucha sus preguntas,
ya nadie escucha sus palabras.
El latir de las bombas
ha apagado sus monólogos.
Las iguanas de ceniza
se comen los sueños por las noches.
¿Dónde quedaron los filósofos?
Aquellos que alimentaban su alma
murieron de hambre sus cuerpos.
O los mataron, los mataron.
De pensar no se vive, les dijeron.
¿Pero quién vive sin cerebro?
La polillas de las calles
les atraviesan las sienes,
agujerean materia gris.
¡Carroñeros! ¡Carroñeros!
Los coprófagos salen de sus alcantarillas.
El banquete está servido.
Lloran las mentes maltratadas.
Lloran en diluvio, lloran pensamientos
como balas
y los cuerpos (celestes) son cascadas
de sangre rosada, de olvido.
Lloran de hambre los cerebros
que se ahogan en el chirriar de los relojes,
lloran, como lloran los bebés por la madrugada,
no hay consuelo, ya es tarde.
El exceso de musgo en el norte de las sienes
ya mata a la mente que solloza.
¿Por qué lloraban los cerebros?
Nadie se lo preguntó,
porque solo ellos preguntan
y ya nadie escucha sus preguntas,
ya nadie escucha sus palabras.
El latir de las bombas
ha apagado sus monólogos.
Las iguanas de ceniza
se comen los sueños por las noches.
¿Dónde quedaron los filósofos?
Aquellos que alimentaban su alma
murieron de hambre sus cuerpos.
O los mataron, los mataron.
De pensar no se vive, les dijeron.
¿Pero quién vive sin cerebro?
La polillas de las calles
les atraviesan las sienes,
agujerean materia gris.
¡Carroñeros! ¡Carroñeros!
Los coprófagos salen de sus alcantarillas.
El banquete está servido.
sábado, 23 de agosto de 2014
Cielo abierto
Y las rosas que anidan en tu vientre
sangran los recuerdos de tu piel,
las huellas dactilares
que se acumularon en ella.
Y los pájaros de la mañana
trinan entre tus piernas
y ríos del alba discurren
por los meandros de tu cuerpo.
Y el calor reflejado por mil soles
me acaricia, me calienta,
hierve mi sudor.
Y como cien teteras al fuego,
tú te bebes mi sed,
me robas los témpanos
que amanecieron en mi paladar.
Y las mil rosas
que anidaron en tu ombligo,
florecen a la orilla de tu sexo.
Y se abren las puertas del cielo
y se forman cirros
en el vacío del silencio.
Y atraviesan mil claveles
las gargantas petrificadas por el tiempo
y me acarician los oídos
las esquirlas de tu cuello.
Y la avalancha que se cierne
sobre mi cuerpo,
tras tu eco,
me rompe, me quiebra
me dobla y me reconstruye.
Y tras esto solo queda una sonrisa
y tu cuerpo, dormido y despierto.
Y la hierba húmeda
que creció en primavera.
Me tumbo en la hierba,
me duermo en el cuerpo.
Y las gargantas se vuelven a romper,
las rosas y los claveles florecen,
los témpanos se derriten en paladares
y los ríos discurren por meandros,
los pájaros trinan
y los vientres sangran ecos,
allá arriba,
en el cielo abierto.
sangran los recuerdos de tu piel,
las huellas dactilares
que se acumularon en ella.
Y los pájaros de la mañana
trinan entre tus piernas
y ríos del alba discurren
por los meandros de tu cuerpo.
Y el calor reflejado por mil soles
me acaricia, me calienta,
hierve mi sudor.
Y como cien teteras al fuego,
tú te bebes mi sed,
me robas los témpanos
que amanecieron en mi paladar.
Y las mil rosas
que anidaron en tu ombligo,
florecen a la orilla de tu sexo.
Y se abren las puertas del cielo
y se forman cirros
en el vacío del silencio.
Y atraviesan mil claveles
las gargantas petrificadas por el tiempo
y me acarician los oídos
las esquirlas de tu cuello.
Y la avalancha que se cierne
sobre mi cuerpo,
tras tu eco,
me rompe, me quiebra
me dobla y me reconstruye.
Y tras esto solo queda una sonrisa
y tu cuerpo, dormido y despierto.
Y la hierba húmeda
que creció en primavera.
Me tumbo en la hierba,
me duermo en el cuerpo.
Y las gargantas se vuelven a romper,
las rosas y los claveles florecen,
los témpanos se derriten en paladares
y los ríos discurren por meandros,
los pájaros trinan
y los vientres sangran ecos,
allá arriba,
en el cielo abierto.
jueves, 14 de agosto de 2014
Extranjero
Extranjero.
Extranjero por las calles desiertas,
calles de aceite y miel.
Extranjero y la luna colgante
de un escenario de charol.
Extranjero a la orilla
de ríos de papel de plata,
extranjero entre patriotas
de la luz mortecina, enferma,
podrida, atravesada por mil gusanos,
como mil lanzas ensangrentadas
en el cuerpo del extranjero.
Como mil flechas que llueven
de cielos de metacrilato
sobre su cabello.
Y el extranjero mira a los mil gatos
que se pierden en las rotondas
y mira a las mil salamandras
que se enroscan en las farolas
y se pregunta:
¿Dónde quedaron los relojes de muñeca
y los mapas de papel?
¿Cuándo el tiempo comenzó
su juego a destiempo?
¿Cuándo los patriotas de la luz
se apropiaron de las horas?
¿Y los gatos de las calles, de los pasos,
de las sombras?
¿Cuándo los mapas olvidaron las coordenadas?
¿Cuándo las brújulas perdieron el norte?
¿Cuándo su pie no pisó más que tierra ajena?
¿Cuándo las agujas abandonaron los relojes
para dedicarse a la alquimia de las calles?
¿Y dónde?
¿Dónde quedó su tierra, su tiempo, su vida?
Extranjero en su espacio
y en su tiempo.
Extranjero que se hunde
en terreno vedado,
en coto de caza.
Extranjero en el hoy
que ahogó al ayer,
que ya nunca más será.
Extranjero, ¿dónde quedó tu tierra,
dónde quedó tu tiempo?
Mi tierra es la nada,
mi tiempo no es
y yo: yo no soy más que un extranjero
de mí mismo,
dijo el extranjero,
entre las mil lanzas ensangrentadas
que horadaron su reloj, su mapa,
su tierra, su tiempo, su yo.
Extranjero, extranjero.
Extranjero que no es,
ni fue, en ningún lugar.
Extranjero que no será,
me llama desde la nada.
¡Extranjero, extranjero!
El tiempo ya no tiene nombre.
Extranjero que nunca fue
camina por las calles de aceite y miel.
Extranjero por las calles desiertas,
calles de aceite y miel.
Extranjero y la luna colgante
de un escenario de charol.
Extranjero a la orilla
de ríos de papel de plata,
extranjero entre patriotas
de la luz mortecina, enferma,
podrida, atravesada por mil gusanos,
como mil lanzas ensangrentadas
en el cuerpo del extranjero.
Como mil flechas que llueven
de cielos de metacrilato
sobre su cabello.
Y el extranjero mira a los mil gatos
que se pierden en las rotondas
y mira a las mil salamandras
que se enroscan en las farolas
y se pregunta:
¿Dónde quedaron los relojes de muñeca
y los mapas de papel?
¿Cuándo el tiempo comenzó
su juego a destiempo?
¿Cuándo los patriotas de la luz
se apropiaron de las horas?
¿Y los gatos de las calles, de los pasos,
de las sombras?
¿Cuándo los mapas olvidaron las coordenadas?
¿Cuándo las brújulas perdieron el norte?
¿Cuándo su pie no pisó más que tierra ajena?
¿Cuándo las agujas abandonaron los relojes
para dedicarse a la alquimia de las calles?
¿Y dónde?
¿Dónde quedó su tierra, su tiempo, su vida?
Extranjero en su espacio
y en su tiempo.
Extranjero que se hunde
en terreno vedado,
en coto de caza.
Extranjero en el hoy
que ahogó al ayer,
que ya nunca más será.
Extranjero, ¿dónde quedó tu tierra,
dónde quedó tu tiempo?
Mi tierra es la nada,
mi tiempo no es
y yo: yo no soy más que un extranjero
de mí mismo,
dijo el extranjero,
entre las mil lanzas ensangrentadas
que horadaron su reloj, su mapa,
su tierra, su tiempo, su yo.
Extranjero, extranjero.
Extranjero que no es,
ni fue, en ningún lugar.
Extranjero que no será,
me llama desde la nada.
¡Extranjero, extranjero!
El tiempo ya no tiene nombre.
Extranjero que nunca fue
camina por las calles de aceite y miel.
sábado, 12 de julio de 2014
Alma
Que me siento el alma,
bajo la piel de ateo,
que aunque no rece,
ni crea en fantasmas,
ni en cielos
ni infiernos,
me siento el alma,
aquí, temblorosa,
oscilante, respirando
bajo los poros,
bajo el sudor
y las pieles muertas acumuladas
durante segundos o años,
durante besos o sueños.
Que aunque no crea en dioses,
sino en universos,
siento el alma de la existencia,
el alma de acero
de un millón de cuerdas vibrantes.
Me siento el alma
y te lo siento a ti
y a cada uno de nosotros,
y siento el alma en cada verso
y en cada pincelada
y en cada melodía
y en cada palabra
que el hombre ha creado.
Y siento el alma
de los amaneceres,
de nebulosas y supernovas,
orbitando en torno a la negrura,
y siento el alma que gravita
y que germina en cada satélite
y en cada esquina,
de la cadena que une el ayer, lejano
con el hoy, palpitante.
Y no creo en lo sagrado,
sino en la belleza,
la belleza inexplicable
de todas las cosas,
en su conjunto
y la belleza individual e intransferible
de cada una.
Y no creo en el nirvana,
sino en esta búsqueda incesante
del alma,
medio y fin de la vida.
Y es que, como todos,
necesito algo más profundo
que palabras y números,
algo que me raje la piel
y los órganos internos,
algo que no seré capaz
de encerrar en un verso,
nunca, nunca.
Haz una autopsia a la luz
y enséñame el alma del universo,
o la tuya, pero en silencio.
Esto es más profundo que las palabras.
de un millón de cuerdas vibrantes.
Me siento el alma
y te lo siento a ti
y a cada uno de nosotros,
y siento el alma en cada verso
y en cada pincelada
y en cada melodía
y en cada palabra
que el hombre ha creado.
Y siento el alma
de los amaneceres,
de nebulosas y supernovas,
orbitando en torno a la negrura,
y siento el alma que gravita
y que germina en cada satélite
y en cada esquina,
de la cadena que une el ayer, lejano
con el hoy, palpitante.
Y no creo en lo sagrado,
sino en la belleza,
la belleza inexplicable
de todas las cosas,
en su conjunto
y la belleza individual e intransferible
de cada una.
Y no creo en el nirvana,
sino en esta búsqueda incesante
del alma,
medio y fin de la vida.
Y es que, como todos,
necesito algo más profundo
que palabras y números,
algo que me raje la piel
y los órganos internos,
algo que no seré capaz
de encerrar en un verso,
nunca, nunca.
Haz una autopsia a la luz
y enséñame el alma del universo,
o la tuya, pero en silencio.
Esto es más profundo que las palabras.
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